lunes, 14 de abril de 2008

El proceso de selección

Me llamaron para hacer la entrevista un día a las 12 de la mañana. Acudí, sin saber muy bien en qué consistiría pero con la certeza de que me iban a tratar como si fuera imbécil. Así fue: antes de hablarnos siquiera del trabajo, nos pusieron un vídeo de 10 minutos acerca de la empresa para la que íbamos a trabajar (no la de seguros), hablándonos de su carácter pionero y de sus miras internacionales. Pensé en la gente que había que tenido que idear, crear, grabar y maquetar aquel vídeo y sólo pude imaginar becarios frustrados con los que de inmediato empaticé. Eché un vistazo a mi alrededor: extranjeros con mayor o menor dominio del castellano, adultos sin bachillerato y algún joven como yo en busca de un dinero con el que subsistir. "Me tienen que coger, claro", pensé. Sobre todo después de hacer dos tests, uno psicotécnico (problemas estilo Logic) y uno lingüístico en el que teníamos que encontrar errores ortográficos. Efectivamente, a las dos horas me llamaron para ofrecerme la campaña de seguros.

La semana siguiente fui para comenzar mi período de formación, que iba a consistir en tres días de cursos de seis horas sobre el programa que íbamos a usar y los conceptos de la campaña y uno de cinco horas sobre "excelencia telefónica". En esos tres días creo que me dieron unas ciento cincuenta hojas fotocopiadas, que podrían haberse comprimido en diez sin perder una pizca de información. Afortunadamente, el segundo día me dejó la primera y hasta ahora una de las mejores anécdotas. El dinámico curso de formación incluía un test que corregimos junto al supervisor, un chico que después descubrí que tenía mi edad y que estoy seguro que ha obtenido su cargo mediante master o licenciatura alguna. El test estaba numerado con números romanos y al llegar a la quinta pregunta, dijo el supervisor: "Bien, la 5 es la B", a lo que contestó muy rápido una chica: "¡No, no! La 5 es la V". El chico que se sentaba junto a mí me lanzó una mirada abrumada y yo sólo pude mirar al papel para no reírme mucho. Efectivamente, la chica había creído que el formador desconocía los números romanos y quiso de esa forma manifestar su conocimiento. MJ (su nombre permanecerá en el economato, que decía Gomaespuma) había comenzado a forjar su leyenda.

Una vez finalizada la formación del producto y realizadas unas prácticas (trabajar un día cobrándolo a precio de formación, es decir, dos euros la hora), me despedí el viernes esperando el lunes realizar el curso de excelencia telefónica y el martes comenzar a trabajar. El lunes por la mañana recibí una llamada diciéndome que "no encajaba en el perfil" de la campaña, y que no me preocupara porque me buscarían otra dentro de la empresa. El martes, tras rechazar la campaña de asistencia en carretera (grúas) de la misma aseguradora, me llamaron para entrar en la campaña para la que ya había hecho la formación. Me dijeron que había debido de tratarse de un error. Al día siguiente me enteré de que el chico de la mirada abrumada lo había dejado antes de empezar. Beatus ille. MJ, en cambio, nunca había visto peligrar su puesto.

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