martes, 15 de abril de 2008

La primera llamada anecdótica

A los pocos días de empezar a trabajar, me llegó una llamada bastante particular. "Verá, le voy a contar una historia que usted dirá que me las apañe yo sola, pero yo se la voy a contar".

Empezábamos fatal.

"Verá, yo es que soy viuda. Por desgracia. (La puntuación es importante) Y a mí me están pasando últimamente una serie de cosas muy raras. (Empecé a dudar de si la mujer quería realmente hablar con Iker Jiménez) A mí me están faltando cosas de casa". "¿Me indica su nombre para dirigirme a usted?", le dije, pensando que me lo diría y que podría pasarla rápidamente para que le abrieran un caso de robo y quitarme el marrón de encima. "Viuda", me dijo. En ese momento me sentí como un tarotista cuyo público se identifica con frases del tipo "me llamo capricornio". Bien, Viuda salvó el primer break ball y siguió contándome la historia. "Porque verá, yo no quiero sospechar de nadie, pero creo que sé quién me está quitando a mí las cosas". "¿Quiere que le abramos un expediente por robo?", le pregunté, con un segundo break ball bastante amenazante. "No, no, yo les llamo para contarles lo que me pasa". A estas alturas de conversación, yo ya imaginaba que no me iba a librar de aquella mujer hasta que ella quisiera. "Verá, yo tengo una hija, que está pasando una mala época. Se ha divorciado y todo y ahora va con gente un poco rara y yo creo que es ella la que está entrando. Pero ella no tiene llave de la casa. Así que quiero saber si ella ha pasado por alguna oficina de la compañía para que le den una copia de la llave". Atónito, pregunté a mi supervisora una obviedad: "¿en las oficinas no hay copias de las llaves de las casas, no?". Efectivamente, el sereno se había terminado hace años y aquello que me planteaba la señora era inviable. Retomé la llamada y le dije: "señora, eso no ha podido suceder, en las oficinas no existen copias de las llaves, así que no se la han podido dar". "Pero que ni se les ocurra, ¿eh?". Vi que había asimilado la información. "Porque verá, a mí me da mucho miedo, porque yo tengo un hijo que el pobre es minusválido y que tampoco me puede defender si viene mi hija". Intenté salir de su mundo y traerla al mío, así que le volví a preguntar "¿quiere entonces que le abramos un expediente por robo?". "No, no, yo llamo para avisarles de que no se les ocurra darle a mi hija una copia de la llave de mi casa, porque yo soy viuda y me da miedo que mi hija entre en casa, con mi hijo además, que es minusválido". Aquí ya era plenamente consciente de que la mujer lo único que quería era contarme sus miseria, así que encaminé la conversación a que se quedara tranquila y a que colgara de una vez y dejara de hacerme partícipe de sus miserias, que como se pueden ver, eran abundantes. Tras unos minutos de idas y venidas sobre el eje "llaves - hija - viudedad - minusvalía" conseguí tranquilizarla lo suficiente como para que colgara.

Y no, eso de antes no era un punto final. Unos días después, la señora volvió a llamar y volví a recibir yo la llamada. Desconozco cuanta gente trabaja para esta compañía en la sección en la que lo hago yo, pero sólo en mi oficina las probabilidades de volver a recibir a la misma persona son una entre quince.

Reconocí su voz casi de inmediato, aunque el tono era incluso más lúgubre. Su hijo, que este día me enteré de que era sordomudo, había estado comiendo el domingo en su casa con su mujer, que también es sordomuda. "Y entonces llegó mi hija, que venía un poco mangá". Silencio. "¿Sabe usted lo que es mangá, no?". "Sí, sí, la entiendo", contesté yo. Silencio. "Borracha", apuntilló sin poder evitar la tentación de especificarlo. "Y bueno, me montó un escándalo, me quería pegar, mi hijo me quiso defender, y se lió una muy grande". Danger: la señora comenzaba a lacrimar, algo que ni estaba en el guión del primer capítulo ni le convenía a este segundo. "Y bueno, lo que quería decirle a la compañía era que se encarguen de que a mí me entierren con mi marido, porque yo soy viuda, ¿sabe? Porque claro, mi hijo es minusválido el pobre y no sé si va a ser capaz de gestionarlo". "Entiendo, señora, no se preocupe..." Y poco después, la señora colgó.

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