Empiezo aquí una breve serie retratística de distintos artistas invitados a mis tardes de insufrible trabajo. El primero, no por orden de importancia, es el de la mujer de la limpieza que se encarga de nuestro ala del edificio. No sé exactamente a qué hora empieza a trabajar, aunque alguna vez me la he encontrado en el autobús, así que imagino que a la misma que yo, a las cuatro, pero no es hasta las cinco cuando la veo empezar por la zona más cercana a los ascensores. Es bajita, de un rubio ya bastante poco natural, con gafas y de aspecto castellano, así que hablo de una mujer contenida, sin estridencias y con un gesto que invoca el despiste.
Cuando llega a nuestra parte de la planta, los más enrollados de mis compañeros le dan conversación de primera calidad: la familia, el fin de semana o los gustos televisivos. Nada hace mejor ciudadano que llevarse bien con los que te limpian la mierda.
Esta mujer limpia un poco al azar. Unos días te pasa el trapo, otros la bayeta, otros te barre debajo de la mesa y otros deja un rastro húmedo con la fregona por el pasillo que es imposible que sirva para dejar el suelo limpio. En cualquier caso, cuando se acerca a tu puesto, que estés hablando o no con algún cliente es algo completamente accesorio para su tarea. Si estás leyendo un número de una póliza a un cliente es fácil que acabes intentando convencerle de que su seguro acaba en el "100% algodón" de su trapo. Hay una zona que es la debilidad de esta mujer: debajo del ratón. Con qué alegría te lo levanta para quitar de ahí la media pelusa mensual que se forma. Menos mal que el ratón en mi trabajo no vale para casi nada (ver más abajo); imagino que nunca ha trabajado en un estudio de arquitectura. A pesar de todo, esta mujer lleva un par de días superándose. Deduzco que el ratón se le ha quedado pequeño a la hora del gozo de alzar, así que se ha pasado directamente al teléfono con el que trabajo. Inexplicablemente los dos días el cacharro ha dejado de funcionar (con llamadas en curso, claro), ante la atónita mirada de la buena mujer que juraría ante la mismísima Inquisición que ella no ha tenido nada que ver. "No, si yo no he hecho nada, se ha tenido que ir solo". Conclusión: abandono a MJ y me cambio de sitio junto a MC, el super supergay, que cuando se entera de qué estudio me acerca de forma altruista su revista Tiempo, confiando en que pueda esclarecerle los ocultos arcanos del sistema.
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